3.20.2010

Llamemos a las cosas por su nombre

Aún colea el asesinato del gendarme francés, llenando la agenda de manifiestos y homenajes que, dicho sea de paso, deben hacerse y son necesarios. Recuerdo mi último viaje en tren, en el que la lectura versaba sobre el homenaje que el gobierno ofreció en enero a nueve hombres fallecidos en acto de servicio en 2009, llenando el aire de palabras amables para los familiares de los caídos: "engrandecen nuestra democracia", "han dado su vida para salvar la nuestra"... eufemismos que maquillan la realidad: señores, sus familiares han sido asesinados por algo que ya carece de sentido, porque la opresión al País Vasco como tal, si alguna vez existió, ya no existe salvo en el seno de cuatro cerebros trasnochados. Para eso no hay consuelo posible.

"No hay nada más doloroso que perder a un ser querido" decían... pero dista mucho el sentimiento que embarga a la familia cuando esa muerte ha sido para realmente salvar a otras personas (en las Torres Gemelas, apagando un incendio...) que cuando a TU ser querido le descerrajan un tiro en la nuca simplemente porque hay que hacer daño para que se siga temiendo a ETA. Por mucho que queramos (o quieran) pintar la realidad como algo menos doloroso, hay que enfrentarse al hecho de que no sirve de nada que mueran 9 policías o guardias civiles o un gendarme francés. Así no se avanza, ni en una dirección ni en otra.El gobierno no puede dar un paso atrás y la sociedad tampoco está dispuesta a darlo.

Es fácil llenar páginas y páginas de demagogia. Lo difícil es admitir que quizá la única salida para el conflicto vasco es un referéndum al que se sometan "ambas partes" de manera incondicional de modo que si sale independencia, el País Vasco se constituye en independiente y, por tanto, se olvida de las "ventajas" que supone pertenecer a España, sobre todo de cara a Europa. Asumirá, por tanto, una posible desbandada de las empresas hacia territorio español y su no pertenencia, hasta que se tramite lo contrario, a las instituciones europeas. Dejará de utilizar el Euro como moneda, dejará de percibir cualquier tipo de aportación económica que provenga del Estado y pasará inmediatamente a tener un sistema económico independiente de las arcas nacionales.

Ahora bien, también puede salir un "NO" a la independencia, en cuyo caso un sólo tiro más legitimaría al ejército para entrar en el País Vasco y ocuparlo militarmente en defensa de la unidad de España, reconocida en nuestra Constitución.

Esta idea no es la típica idea que se suela exponer entre amigos ni, mucho menos, en internet. Habrá quien tilde mi opinión de pro-etarra y nada más lejos. Quizá aún haya esperanza para las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado que, últimamente, están ganando bastantes pequeñas batallas y deteniendo a quien debe ser detenido.

Ojalá dentro de poco (cuanto menos tiempo mejor) podamos dejar de plantearnos esta serie de interrogantes porque el problema haya desaparecido. Ojalá dentro de poco empecemos a llamar las cosas por su nombre, entendamos que las autonomías son lo más parecido a un sistema federal en el que cada Comunidad Autónoma es casi un pequeño estado (más aún teniendo en cuenta los sucesivos traspasos de competencias).

Un instante

El aeropuerto hervía en actividad esa mañana. A pesar de no contar con unas instalaciones tan extensas como los de otras ciudades, multitud de viajeros transitaban por sus pasillos repletos de prisa y acarreando su equipaje de mano, los abrigos, las tarjetas de embarque apretadas de cualquier manera entre los dedos.

Los altavoces organizaban mágicamente aquel barullo entre amasijos de palabras y números que se agolpaban en distintos idiomas.

Y de pronto, en medio del caos, un insólito remanso de calma. La muchacha descansaba sentada como un piel roja en uno de los bancos de la terminal. Sobre sus rodillas había acomodado un pequeño ordenador portátil y tecleaba sin percatarse de lo que ocurría a su alrededor aunque, en realidad, tampoco le importaba lo más mínimo...

De pronto levantó la cabeza mientras se le alborotaban los cuatro mechones que sobresalían del recogido improvisado que adornaba su pelo con cierta gracia. Me miró directamente a los ojos, como si supiera que la estaba observando. Una cortés pero tímida sonrisa de medio lado asomó en su cara y, al instante, volvió a centrar su atención en la pantalla del portátil.

Mientras, yo abrí el teclado de mi pequeño ordenador de bolsillo y empecé a teclear todo lo que su mirada me había contado en tan solo un segundo para que aquel sencillo instante en un aeropuerto no muriera...